Cuando el algoritmo decide tu valor: trabajo, dignidad humana e inteligencia artificial según León XIV
A 135 años de la Rerum novarum, la Iglesia vuelve a plantar cara a una revolución que amenaza con convertir a las personas en variables de una función de optimización.
Hay una pregunta que León XIII nunca tuvo que hacerse: ¿puede un software determinar si un trabajador merece seguir trabajando?
En 1891, cuando publicó la Rerum novarum, los dueños de las fábricas eran personas —a veces despiadadas, a veces paternalistas, siempre identificables—. Hoy, en cambio, miles de conductores, repartidores, desarrolladores y trabajadores de contenido reciben instrucciones, evaluaciones y despidos por parte de sistemas automatizados que nunca han visto su cara, no conocen su nombre y, en rigor, no saben que existen como personas. Solo existen como puntuaciones, tasas de aceptación, tiempos de respuesta.
La encíclica Magnifica Humanitas, publicada el 15 de mayo de 2026 por el papa León XIV —precisamente en el 135° aniversario de la Rerum novarum—, lleva ese hilo hasta sus consecuencias más profundas.
No es un documento técnico sobre regulación de la IA ni un manifiesto político sobre derechos laborales. Es algo más incómodo. Es una pregunta filosófica y espiritual sobre qué se pierde cuando dejamos que los algoritmos decidan el valor de una persona.
1) El trabajo como expresión de la persona, no como variable
Para entender lo que la encíclica dice sobre el trabajo en la era digital, hay que partir de donde ella misma parte. No de la economía, sino de la antropología.
La tradición de la Doctrina Social Católica, desde al menos Juan Pablo II, insiste en que el trabajo no es simplemente una actividad mediante la cual una persona intercambia tiempo y esfuerzo por dinero. Es, en palabras de la Laborem exercens que León XIV retoma explícitamente, "un bien fundamental para la persona" en el que el ser humano pone en juego "su libertad, su creatividad y su capacidad de cooperar".
Trabajar es, en este sentido, una forma de participar en la creación; de dejar una huella en el mundo, de relacionarse con otros, de desarrollarse como sujeto.
Esta visión tiene una consecuencia lógica de gran importancia. Si el trabajo expresa la dignidad de quien trabaja, entonces cualquier sistema que evalúe al trabajador exclusivamente como un costo de producción o una tasa de conversión está cometiendo una violación de esa dignidad. No una imprudencia. No una ineficiencia. Una violación.
La encíclica reformula esto con una frase que merece detenerse. El salario justo es "la prueba de equidad de todo el sistema socioeconómico".
No el único criterio, pero sí el más revelador, porque muestra si el sistema trata al trabajador como persona —alguien con necesidades, familia, proyecto de vida— o como un insumo al que se paga según lo que rinde, no según lo que necesita para vivir con dignidad.
En la economía de plataformas, esa prueba se falla sistemáticamente. No por maldad, sino por diseño.
2) El algoritmo como capataz invisible
Imaginemos por un momento la experiencia concreta de un trabajador de reparto en una plataforma digital. Cada mañana abre la aplicación. Un algoritmo decide si hay trabajo disponible para él. Otro algoritmo establece el precio de cada entrega. Un tercero mide su tiempo de respuesta, su tasa de aceptación y la puntuación que le dan los clientes. Si esos números caen por debajo de ciertos umbrales —que él no conoce con exactitud y que pueden cambiar sin aviso—, la plataforma puede reducirle los encargos, penalizarlo o desactivarle la cuenta. No hay jefe al que apelar. No hay conversación posible. El sistema simplemente le informa del resultado.
Lo que la encíclica diagnostica aquí es que este modelo no es solo económicamente injusto —aunque también lo es—, sino que encarna exactamente la ideología que el documento considera más peligrosa para la dignidad humana; la idea de que "toda persona deba ganarse o justificar su propio valor, hasta el punto de atribuir mayor valía a quienes son más eficientes y productivos".
Esa ideología convierte la métrica en juicio moral. El trabajador que tiene una mala semana —por enfermedad, por cuidar a un familiar, por un error de la propia plataforma— no es evaluado con comprensión humana; es penalizado algorítmicamente. Su dignidad como persona no entra en el cálculo, sino que solo entra su rendimiento.
León XIV llama a esto, sin eufemismos, una reducción de "la persona a un medio para obtener resultados, a un recurso para ser usado y explotado".
La frase remite directamente a Kant —la prohibición de tratar a las personas como meros medios— pero la encíclica la ancla en una tradición teológica más antigua. La persona humana es imagen de Dios y esa imagen no admite ser reducida a datos.
3) Las "nuevas esclavitudes" de las plataformas digitales
Hay un lenguaje en la encíclica que puede sorprender por su dureza. El capítulo dedicado al trabajo habla de "nuevas esclavitudes", de "cadenas" que hay que romper, de "dependencia y mercantilización" de la persona. No es retórica apocalíptica. Es una descripción estructural de lo que la gig economy hace sistemáticamente.
La encíclica identifica tres rasgos que convierten el trabajo mediante plataformas en una forma de dependencia estructural.
Primero, la atomización. El diseño mismo de las plataformas impide que los trabajadores se conozcan entre sí, se organicen colectivamente o negocien sus condiciones. Cada uno es un individuo aislado frente a un sistema global.
Segundo, la precariedad contractual. Sin contrato laboral, sin seguridad social, sin salario fijo, sin protección frente al despido.
Tercero, y quizás más sutil, la opacidad algorítmica. El trabajador no sabe exactamente qué criterios se usan para evaluarle, qué ponderación tiene cada indicador ni cómo se toman las decisiones que afectan a su sustento. Esa asimetría de información es, en sí misma, una forma de poder.
El documento traza una línea de continuidad histórica que resulta ilustrativa. Así como León XIII vio en las fábricas del siglo XIX la concentración del poder económico en manos de unos pocos capitalistas capaces de dictar condiciones a millones de trabajadores, León XIV ve en las grandes plataformas tecnológicas el mismo mecanismo a escala global.
La diferencia es que el nuevo "patrón" es transnacional, a menudo no tiene presencia legal estable en los países donde opera y ejerce su poder a través de un código informático en lugar de instrucciones directas.
Esta observación tiene profundas consecuencias regulatorias. Los marcos laborales del siglo XX —diseñados para regular relaciones entre empleadores y empleados identificables, dentro de jurisdicciones concretas— no están equipados para enfrentar este tipo de poder. La encíclica lo reconoce y pide "instrumentos normativos adecuados", aunque admite con honestidad intelectual que no le corresponde a ella diseñarlos.
4) Los sindicatos: una respuesta antigua a un problema nuevo
Hay un punto que la encíclica no desarrolla como novedad porque en realidad lleva 135 años diciéndolo, pero que en el contexto digital adquiere una urgencia renovada, tal como lo es el derecho de los trabajadores a asociarse y negociar colectivamente.
Ya la Rerum novarum de León XIII "apreciaba las asociaciones de trabajadores" como contrapeso necesario al poder del capital. La Quadragesimo anno de Pío XI lo reforzó en 1931, recordando "el derecho de asociación de los trabajadores" como uno de los pilares de cualquier orden económico justo.
Magnifica Humanitas recoge esa tradición y la proyecta sobre el presente con una observación que tiene mucho de diagnóstico. El diseño mismo de las plataformas de trabajo digital impide que los trabajadores se organicen colectivamente o negocien sus condiciones. La atomización no es un efecto secundario accidental; es una característica estructural del modelo. Un repartidor no sabe quiénes son sus "compañeros de trabajo" porque la plataforma no quiere que lo sepa. No hay un espacio físico de descanso, no hay reunión de turno, no hay posibilidad de decir "somos cien personas con el mismo problema, hagamos algo juntos".
La encíclica, inscribiéndose en esta tradición, reivindica el valor de los "cuerpos intermedios" —las asociaciones, los sindicatos, los organismos de representación colectiva— como contrapeso al poder de los actores más fuertes, sean Estados o plataformas tecnológicas.
El principio de subsidiariedad, que el documento retoma de la Quadragesimo anno, exige precisamente que lo que puede hacer una comunidad organizada de trabajadores no sea absorbido ni por el Estado ni por el mercado. Hay un espacio propio de la acción colectiva que merece ser protegido y fomentado.
El desafío concreto que León XIV no ignora es que los sindicatos del siglo XX fueron diseñados para un mundo de fábricas, convenios colectivos sectoriales y empleadores identificables. Ese mundo ya no existe para millones de trabajadores.
La pregunta que la encíclica deja abierta —y que los propios movimientos sindicales están tratando de responder en muchos países— es cómo reinventar la representación colectiva cuando los trabajadores son formalmente "autónomos", dispersos en decenas de países, evaluados individualmente por sistemas opacos y sin empleador con el que sentarse a negociar. La respuesta no está en el documento, pero la convicción de que esa representación es necesaria y legítima sí está, y con raíces de más de un siglo.
5) El problema de los datos: tu trabajo les pertenece
La Magnifica Humanitas da un paso que sus predecesoras no habían dado con tanta claridad, ya que amplía el principio del destino universal de los bienes —uno de los pilares clásicos de la Doctrina Social— para incluir explícitamente "patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos".
Este movimiento conceptual tiene implicaciones directas sobre el mundo del trabajo. Cuando un conductor de reparto realiza su ruta, cuando un programador escribe código en una plataforma freelance, cuando un creador de contenido publica en una red social, está generando datos que la plataforma utiliza para mejorar sus propios modelos, afinar sus algoritmos y aumentar su ventaja competitiva. Ese trabajo de generación de datos raramente es remunerado como tal. La persona trabaja y la plataforma se queda con el subproducto más valioso, tales como los patrones de comportamiento, las preferencias, las métricas de eficiencia.
La encíclica argumenta que cuando estos bienes "quedan concentrados en las manos de unos pocos, sin adecuadas formas de intercambio y de acceso, se crea un nuevo desequilibrio que contradice el destino universal de los bienes".
Traducido al lenguaje concreto de la economía digital, ello significa que los datos que los trabajadores generan al usar una plataforma forman parte de su contribución al bien común, y la captura privada de esa riqueza por parte de las empresas tecnológicas es un problema de justicia distributiva, no solo de regulación comercial.
Esta es, probablemente, la aportación más original del documento en materia laboral. Pone sobre la mesa la pregunta de si el modelo actual de capitalismo de datos —donde la riqueza se concentra en quienes controlan la infraestructura y el código, mientras los que generan el valor con su trabajo cotidiano reciben una fracción mínima— puede considerarse justo desde los principios que la Iglesia defiende hace más de un siglo.
6) Automatización: el miedo real y el miedo falso
La encíclica tiene una posición matizada sobre la automatización que vale la pena entender bien, porque evita dos simplificaciones simétricas.
Por un lado, no adopta la postura ludita de que la automatización es intrínsecamente mala. La técnica, recuerda León XIV, "está arraigada en nuestra historia desde el principio" y a lo largo de los siglos ha contribuido "a una mejora significativa de las condiciones de vida". Rechazar la IA o la robótica en nombre del empleo sería tan equivocado como rechazar la imprenta en nombre de los copistas.
Por otro lado, tampoco acepta el argumento —muy común en los discursos de las empresas tecnológicas— de que la automatización siempre crea más empleo del que destruye, que el mercado se ajustará solo y que lo importante es la eficiencia agregada.
El documento exige que el impacto de la automatización sobre el empleo sea evaluado "partiendo de la dignidad del trabajador", no solo de la eficiencia del sistema.
Una evaluación centrada en la eficiencia puede concluir que destruir un millón de empleos de baja cualificación y crear quinientos mil de alta cualificación es un resultado positivo.
Una evaluación centrada en la dignidad debe plantearse las siguientes preguntas: ¿qué ocurre con los trabajadores desplazados que no tienen acceso a la formación necesaria para los nuevos empleos? ¿qué pasa con quienes están en la mitad de su vida laboral y no pueden reconvertirse fácilmente? ¿qué pasa con las regiones enteras cuya economía dependía de las industrias automatizadas?
La encíclica no da respuestas técnicas a estas preguntas —no le corresponde darlas—, pero insiste en que hacerlas es obligatorio antes de desplegar tecnologías con gran impacto laboral. Pide "evaluaciones del impacto humano y social" como condición de legitimidad ética, no como algo opcional que las empresas puedan ignorar invocando la libertad de mercado.
7) La alianza educativa: no dejar a nadie atrás
Una de las respuestas que la encíclica propone con más insistencia es lo que llama la "alianza educativa para la era digital".
El argumento es sencillo pero urgente. La transición digital ya está ocurriendo, y si las instituciones educativas, las familias, los gobiernos y las empresas no trabajan coordinadamente para preparar a las personas —especialmente a los jóvenes y a los trabajadores de mediana edad—, el resultado será una fractura social entre quienes pueden navegar la economía digital y quienes quedan excluidos de ella.
Esta preocupación por los jóvenes tiene un trasfondo que va más allá de lo económico. El documento advierte que si los jóvenes no pueden acceder a un trabajo estable y digno, no pueden "formar familias ni asumir proyectos de vida a largo plazo".
Hay aquí una visión integral, considerando que el trabajo no es solo fuente de ingresos, es condición de posibilidad para la esperanza. Una generación sin trabajo digno es una generación sin futuro proyectable, y eso tiene consecuencias no solo individuales sino civilizatorias.
8) Una pregunta que no tiene respuesta fácil
La Magnifica Humanitas tiene la honestidad de reconocer que plantea problemas que no sabe cómo resolver del todo. El documento admite que los actores tecnológicos transnacionales tienen hoy más recursos y capacidad de acción que muchos gobiernos, y que los marcos regulatorios actuales no están equipados para encararlos.
Esa honestidad es, paradójicamente, uno de los puntos más fuertes del texto, ya que no finge soluciones que no tiene.
Lo que sí ofrece es una perspectiva que el debate tecno-económico habitual tiende a perder o dejar de lado, que es la pregunta por el sentido del trabajo, no solo por su eficiencia.
En el fondo, la encíclica hace una apuesta filosófica fuerte, al considerar que la dignidad de las personas no puede ser delegada a un algoritmo, que el valor de un trabajador no puede reducirse a sus métricas de rendimiento, y que una economía que pierde de vista esta verdad se convierte, tarde o temprano, en una forma de barbarie refinada.
León XIII se enfrentó al capitalismo industrial con las herramientas conceptuales que tenía. León XIV se enfrenta al capitalismo digital con las que tiene.
El problema de fondo es el mismo: ¿están las estructuras económicas al servicio de las personas, o son las personas las que están al servicio de las estructuras?
La pregunta sigue abierta. La respuesta, como siempre, depende de lo que decidamos hacer con ella.

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